sábado, marzo 24, 2012

Víctimas de Maciel exigen al Papa ofrezca disculpas


Los autores del libro 'La voluntad de no saber', afirman tener documentos en los que se comprueba que Joseph Ratzinger sabía de los abusos a niños por parte de sacerdotes y exigen rinda cuentas y reconozca su complicidad.

León, Gto. • 

El Papa Benedicto XVI debe pedir disculpas por los abusos sexuales del padre Maciel y reconocer su complicidad al encubrir el caso, afirmó el ex sacerdote Alberto Athié.

En conferencia de prensa al presentar el libro titulado 'La voluntad de no saber', respaldó su dicho en la posesión de archivos secretos de El Vaticano desde 1944 hasta el 2002 donde se da cuenta de cómo la Santa Sede, incluido Joseph Ratzinger, conocían y encubrían la doble vida del ex líder de los Legionarios de Cristo.

Los autores del libro son José Barbas, Fernando M. González, Alberto Athié y el prólogo fue escrito por Bernardo Barranco.

El texto contrasta con las declaraciones de Benedicto XVI al periodista alemán Peter Seewald en 2010, cuando aseguró que hasta el año 2000 se tuvieron documentos contundentes para comprobar los crímenes de Marcial Maciel, sin embargo los autores revelan que por la naturaleza del cargo que tenía Ratzinger al frente de la congregación para la Doctrina de la Fe, debía conocer los registros de pederastia y drogadicción del fundador de la Legión de Cristo.

Por tanto, reconocieron que en esta ocasión que visita México debe por lo menos pronunciarse por las víctimas de Maciel y a partir de esto comenzar una limpieza absoluta a su curia para que no vuelva a suceder algo parecido.

La petición directa de Alberto Athié es que se entregue al cardenal que estuvo al frente de la Diócesis de Boston, acusado de abusar sexualmente de más de cien niños. Y en el caso de México que el cardenal Norberto Rivera rinda cuentas por su complicidad y encubrimiento en el caso Maciel.

Mujeres en lycra

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

La tauromaquia, espectáculo indigno


Domingo, 18/Abr/10 02:02 Jesús Mejía 
En España, el país de mayor auge de la tauromaquia, se ha desatado un movimiento en contra de “la fiesta brava”, a tal grado que Barcelona se declaró ciudad antitaurina por el pleno del Ayuntamiento el 6 de octubre de 2004 tras una petición respaldada por 245 mil firmas. En Canarias ya está prohibida.
En Cataluña el parlamento ya discutió su prohibición a pedido de 180 mil firmas y resolverá la ley respectiva a mediados del presente año. En este mismo tenor están Bilbao, Zaragoza, Gijón, Valencia, Alicante y Palma de Mallorca, donde se han realizado manifestaciones antitaurinas que consideran a la tauromaquia una pésima herencia del franquismo.

Reconocidos intelectuales y escritores tuvieron o tienen una aversión a la tauromaquia e incluso han demandado su prohibición porque atenta contra los valores del respeto a la vida: José Ortega y Gaset, Desmond Morris, Miguel Delibes, Emile Zola, Jacinto Benavente (Premio Nobel), Miguel de Unamuno, Antonio Gala, Víctor Hugo, Mario Vargas Llosa y Fernando Savater, por citar algunos. “Son espectáculos abominables cuya crueldad imbécil es, para la multitud, una educación de sangre y lodo”, escribió Zola.

Otros creadores han manifestado su repulsa a la tauromaquia por considerarla en “festín sangriento e indigno de un ser humano”, como el pintor José Caballero, el compositor Pablo Sorozábal y el poeta José María Blanco y Crespo. Christian Barnard, cirujano, iniciador de los trasplantes del corazón afirmó que “el gobierno debiera prohibir las corridas de toros”.

Es verdad que el escritor Ernest Hemingway era un apasionado de la tauromaquia, pero también es cierto que se caracterizó por una inestabilidad emocional que lo volvió alcohólico e incluso resolvió el final de sus días de una manera inicua en hombre que se supone letrado e inteligente: el suicidio.

Cuando George Bizet estrenó la ópera Carmen en 1875, la “fiesta brava” estaba en efervescencia en una España entonces sumida en el atraso cultural cuando en el resto de Europa permeaba la ilustración y las ideas liberales emanadas de la Revolución Francesa de 1789. Por cierto, Bizet jamás visitó España.

Hay costumbres muy arraigadas pero no por ello tienen que ser conservadas, es tanto como admitir que la ablación o mutilación de clítoris que afecta a seis mil niñas diariamente (Conferencia “Legislación y mutilación femenina”, El Cairo, 2004) deba continuar o que la elección de autoridades por usos y costumbres en la mayoría de los municipios de Oaxaca, en la que la mujer es discriminada, tenga que mantenerse.

De acuerdo con cifras de la Asociación Nacional de Matadores de Toros, más de diez mil astados son sacrificados al año en redondeles, improvisados saraos, haciendas y plazas de México, uno de los pocos países cuyas autoridades aún permiten “la fiesta brava”.

Marginal en la mayor parte de los países de Europa y América —en Asia, África y Oceanía es prácticamente inexistente—, así como en Estados Unidos y Canadá, la llamada “fiesta brava” aún mantiene adeptos en nuestro país, muchos de los cuales desconocen que el presidente Benito Juárez las prohibió en su tiempo por considerarlas un espectáculo denigrante para el ser humano.

En Yucatán la tauromaquia se ha sumado a los festejos de vírgenes y santos en improvisados y endebles redondeles en los que se matan toros “afeitados” y novillos sin ningún control, se consumen bebidas embriagantes y se destaza en vivo a los animales para su venta ante una comunidad empobrecida y carente de opciones culturales y de entretenimiento.

En Aguascalientes, la fiesta brava es un festín sangriento, entre ríos de alcohol y la euforia de miles de personas que acuden a la tauromaquía como un desahogo y una costumbre arraigada en la Feria de San Marcos, porque sin la tauramaquia, se cree la feria no es tal.

Una corrida no es más que el desenvolvimiento protagónico de un hombre en traje de luces, un culto a la personalidad que recibe el apoyo de asistentes y picadores, en un ambiente ventajoso que no es el natural del toro, contra el que emprende una alevosa y premeditada tortura y muerte.

El sangriento espectáculo eleva a los espectadores a una euforia y una ebriedad que los hace insensibles al dolor y al sufrimiento de un ser vivo. Para una maestra de primaria, un psicólogo o una persona dotada en sentido común le resulta elemental que los niños que son llevados por sus padres a los cosos taurinos son capaces de seguir esta actitud y ejemplo, lo que no tiene nada que ver con el respeto a los seres vivos.
Una supuesta “tradición” que se sostiene más por intereses económicos tanto de los ganaderos como de los jueces y matadores con el pretexto de que representa una fuente de empleos. Tan sólo por un toro de más de 500 kilogramos, de las conocidas ganaderías de Tlaxcala, Puebla y Estado de México, los empresarios de las plazas de Aguascalientes o México pagan cerca de medio millón de pesos.

Es lamentable que una antropóloga, dedicada al estudio del hombre y sus manifestaciones sociales y culturales, exprese un inmoderado entusiasmo por una “fiesta brava” que no sólo denigra sino coloca al ser humano en una posición vergonzosa y vergonzante en un mundo cada vez más amenazado por la soberbia, la inconciencia y la irracionalidad de los hombres. 
*Periodista, asistente a la Feria de San Marcos procedente de Yucatán.